Sicilia y Martí

Perder un hijo ha de ser algo terrible, más cuando ocurre en situaciones violentas.

Lo normal, ha escrito Romano Guardini en Las etapas de la vida, es que los padres entierren a sus hijos y no al revés.

La naturaleza impone un ciclo vital y salvo que éste se vea interrumpido, los hijos sobreviven a los padres.

El escritor y periodista Javier Sicilia y el empresario Alejandro Martí han cobrado notoriedad por la tragedia que comparten: el asesinato de sus hijos.

En ambos casos gente con sangre fría los mató y dejó dentro de autos, en la calle, como quien deja una bolsa de basura.

Ambos asesinatos, se supo, fueron en extremo violentos.

Es seguro que el corazón de cada padre se desgarró al saber la noticia, pero sobreponiéndose al dolor ambos han encabezado protestas con contra de la violencia, con notables diferencias pero con más similitudes.

Sicilia ha dicho que sería conveniente pactar con el narco y legalizar las drogas, a diferencia de Martí, quien se ha opuesto a hacer tratos con los criminales. Esa tal vez sea la diferencia fundamental de los dos planteamientos.

Los conocidos padres de familia coinciden en que las autoridades no han podido contener la violencia de los cárteles de las drogas y han exigido públicamente que cese la violencia.

Recientemente Sicilia ha apelado a la humanidad que pueda haber en los sicarios, ha pedido que respeten sus códigos de honor. Esto es interesante cuando por lo general al abordar el tema del narcotráfico y su crueldad se habla de mayor militarización para combate o se pide el retiro de las fuerzas castrenses de las calles.

Hasta este momento alguien se atreve a apelar a lo que de humano hay en aquellos que cometen los crímenes más atroces, alguien que -traspasado por el dolor- piensa que puede darse una conversión del corazón de un delincuente.

Esta conversión es posible. Así lo manifestó Francisco Javier Tejeda Jaramillo durante la visita que hizo el 14 de julio de 2008 el pintor José Luis Cuevas al Reclusorio Norte del Distrito Federal.

Ese día fui enviado como practicante a cubrir el evento para el periódico Reforma y me atreví a preguntarle tanto al recluso como al pintor si la belleza que muchas veces es captada por el arte tiene el poder de transformar la vida de un delincuente. La respuesta que recibí fue afirmativa.

Tejeda Jaramillo, vinculado el cártel de Rafael Caro Quintero, cumple una condena de 40 años acusado del asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena Salazar cuando se desempeñaba como policía judicial.

Aunque él niega haberlo matado reconoce que estuvo inmiscuído en el narcotráfico, de acuerdo con la entrevista que le hizo Ángel Vargas, de La Jornada, y se publicó el 27 de julio de 2008.

* * *

El miércoles 6 de abril de 2011 están programados actos masivos en apoyo a Javier Sicilia y para protestar contra la violencia. Puebla no será la excepción.

De momento la protesta es la única forma con que cuenta la sociedad civil para manifestar su impotencia frente a la irracionalidad de los violentos.

Apelamos con Sicilia a la humanidad de los sicarios para el restablecimiento de la paz y también de las autoridades en todos sus niveles, para que con inteligencia e imaginación restablezcan el orden.

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Reverencia

El número de muertos por el tsunami que impactó las costas de Japón se había reportado en 6 mil 406, de acuerdo con un cálculo llevado por CNN en su cuenta de tuíter al momento en que comencé a escribir este texto.

La cantidad de fallecidos es vertiginosa. Un muerto ya hace todo un drama, lo he visto infinidad de veces. Diez ya se hacen demasiados y si se ponen uno tras otro apenas y alcanzarían a cubrirse en una sola toma fotográfica.

El saldo de los muertos de Japón impone un límite a la imaginación, a pesar de la contundencia de la cifra.

Mientras miraba en la red algunos videos que mostraban la destrucción de casas y la forma en que el agua se llevó varios autos, contemplé asombrado el poder de la naturaleza. Esto me permitió evocar una experiencia sobre la cual nunca me había detenido a pensar: la reverencia.

La naturaleza misma, su aparición por ejemplo a través de un desastre natural, es un fenómeno que se impone más allá del deseo humano, de sobrevivir en este caso.

Su poder destructivo es algo más grande contra lo que toda la inteligencia y voluntad de los hombres no pudo hacer nada significativo para evitarlo.

Hombres y mujeres únicamente pudieron contemplar su fuerza desde una colina elevada o desde uno de los grandes edificios que alcanzaron a quedar en pie, como se aprecia en los videos de youtube.

Ante “algo” tan grande como el poder de la naturaleza el único gesto adecuado, razonable, es la sencilla genuflexión que caracteriza al japonés en muchas estampas de pululan en la memoria colectiva occidental.

Inclinar la cabeza en silencio, como signo de respeto, como reconocimiento de una presencia y un poder más grandes, es la actitud más adecuada.

Claro, también cabe la rebeldía. El agitar las manos, el tratar de rasgar el aire durante la caída.

Esta época, en donde se nos ha enseñado a poner el “yo” por sobre todas las cosas no facilita en nada reconocer el valor de la reverencia. A esto se le conoce como egoísmo.

*   *   *

¿Por qué ha muerto tanta gente?, es una pregunta muy humana pero quizá imposible de contestar para mí.

Hace días escuché en una estación de radio que tras el cataclismo no se habían presentado episodios de rapiña en Japón, lo cual me alegró.

La gente más bien se ha recogido, ciertamente temerosa, en sus casas y compró lo necesario para subsistir.

Las calles de Tokio, documenta un video de la BBC, están solas. En ellas se percibe una gran tristeza, un gran duelo.

Este gesto de respeto por los demás, por sus personas y sus bienes, que han denotado los japoneses, también merece nuestro respeto.

El pueblo japonés es un gran pueblo y merece una reverencia.

 

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Complicidad

Harta de su condición,
la tristeza llamó a la soledad
para que le hiciera compañía

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